SUBTERFUGIO DE ELEMENTOS
“…Para enseñamos que un amor de poeta latinoamericano podía darse y escribirse hic et nunc, con las simples palabras del día, con los olores de nuestras calles, con la simplicidad del que descubre la belleza sin el asentimiento de los grandes heliotropos y la divina proporción”…[1]
Igual que entra el tímido viento por la ventana, para infundir el frío y arreciar la llama, la obra de Neruda plantea desde sus inicios la suave transformación de los elementos, ya no inspirados en la cultura europea y las musas francesas, sino en la cotidianidad de la ciudad de Santiago, de la génesis del océano frente al Maule, de la simpleza de las formas y la conjugación de su esencia.
No hago referencia por supuesto al cambio robusto entre las obras de Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y la metamorfosis piroclástica del mismo Neruda, apunto hacia la simbología bien distribuida en sus escritos, desde su primera obra, Crepusculario hasta el grande y contundente Canto General.
La crisálida de la poesía nerudiana adquiere uno de sus más lúcidos momentos en la obra Veinte poemas y una canción desesperada, madurada sin duda por el modernismo afrancesado que alumbró su primera obra, y también algunos de sus mas recordados poemas. Al respecto, la referencia hacia la simbología originada en las elevadas vertientes de la poesía epicureísta y brillante de Pierre de Ronsard, florece en su “Nuevo soneto a Helena” cuya huella reconoce Neruda en su primer verso [2]
“Cuando estés vieja, niña (Ronnard ya te lo dijo),
Te acordarás de aquellos versos que yo decía.
Tendrás los senos tristes da amamantar tus hijos,
Los últimos retoños de tu vida vacía. -
Yo estaré tan lejano que tus manos de cera
Ararán el recuerdo de mis ruinas desnudas.
Comprenderás que puede nevar en Primavera
Y que en la primavera las nieves son más crudas.
Yo estaré tan lejano que el amor y la pena
Que antes vacié en tu vida como un ánfora plena
Estarán condenados a morir en mis manos…”[3]
Allí, como un primer indicio de lo que representaría la forma humana en torno al sentimiento, las manos se revelan como signatura de belleza y de apertura, de libertad y ciega musicalidad sonora, manos que más tarde serían fundición de amantes, collage de sensaciones envueltas en los veinte poemas de amor y la canción desesperada. En “El nuevo soneto a Helena” estas representan un apoyo venido a menos de sentimientos ya viejos, un elegante elemento de mampostería poética embebido en el más europeo de los movimientos, un retazo de foto prendido en un continente nuevo. Más adelante, adentrándose en esa primerísima obra de aquel hombre que a los 19 años ya había publicado un libro y que dedicara su primer escrito a su madre Neruda escribe en su poema el ciego de la pandereta:
“¿Ciego, siempre será tu ayer mañana?
¿Siempre estará tu pandereta pobre estremeciendo tus manos crispadas?”
De nuevo y con fuerza, las manos se tornan simbología indispensable, ocasional, casi indiferente, son lienzo sobre las que el poeta desdibuja el propio trazo de la escritura, continua metamorfosis ante el poder creador, ombligo de la musicalidad melancólica del ciego, sentido táctil arruinado por la presencia indeleble de dos cuencas vacías. Al igual que las manos, múltiples símbolos son retomados continuamente creando un sendero propio de escritura que definirá en la posteridad el estilo de Neruda.
Segunda obra. Éxtasis iluminado:
Corre el año de 1924 y 20 poemas de amor y una canción desesperada irrumpe en los cónclaves formados en torno de los bares oscuros apadrinados por la poesía chilena como el mapa que guiaría por largo tiempo los cauces de la nueva escritura latinoamericana. Atrás quedan los recuerdos extranjeros e impropios, la búsqueda malsana de la propia identidad en el otro; Neruda vuelve a las raíces, a sus calles y su frenético movimiento como material de escritura y de inspiración .En el yace la identidad intrínseca hacia su tierra y su belleza, no es necesario escarbar vulgarmente en las maravillas que otros escribieron para re-descubrir las riquezas olvidada. Basta únicamente el reconocimiento de lo que pertenece y eleva para entender sus poemas.
La segunda obra de Pablo Neruda recrea con palabras sencillas y bien logradas el stop-motion de la dinámica del amor, ya desde la tristeza misma y la euforia del placer hasta la melancolía que produce la falta del ser amado y el hundimiento del sentimiento; teje simultánea a la creación misma, la identidad que haría diferenciar sus escritos de otros de su época.
En veinte poemas, de nuevo aparecen las metáforas y las simbologías como eje constructor de historias que aunque no siempre entendibles luego de una primera lectura, arrojan al lector a un mundo tan grande como el mar donde se cimientan con fuerza y disimulo la esencia del escribir poesía.
Retomando uno de dichos elementos-pilares, Neruda en el décimo poema de la obra escribe:
“Hemos perdido aun este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
Mientras la noche azul caía sobre el mundo.
He visto desde mi ventana
La fiesta del poniente en los cerros lejanos.
A veces como una moneda
Se encendía un pedazo de sol entre mis manos…”
De nuevo las manos sostienen la historia en torno a la que se desarrolla la escena, ya no son la estructura firme que mostraban ser en El ciego de la pandereta, adquieren un nuevo papel, se transforman y es justamente esa versatilidad la que hace al poeta ser. No tiene que ver con el uso de academicismos (que aunque importantes) tienden a limitar el campo de acción de la palabra, sino de la libertad del escritor al mantener conceptos constantes en realidades cambiantes.
Como se vio, en los primeros escritos, el poeta recurría a referencias de escritores y llegaba incluso en el caso de Pierre de Ronsard a nombrarlos, sin embargo, la estructura de los textos fue siempre una autentica muestra del pensamiento del autor, cada una diferente de las demás y en todo caso ligadas a una sola y brillante identidad. Y eso es, justamente lo que hoy en día falta.
La identidad del escritor se prostituye a bajo precio en programas de poca monta, la esencia de las letras es tergiversada por intereses comerciales y la necesidad opresora. Muchos escritores no ven más salida que blasfemar contra su propio estilo para vivir el día a día. Escribir para no morir, en vez de escribir para vivir, así pues, la escritura ha dejado de ser ese oficio honrado y respetable que ilusionaba las mentes infantiles para convertirse en una esclavitad asfixiante donde predomina la no-creatividad.
Al respecto en al obra de Neruda se puede apreciar una escritura de delgadas líneas y fuerte pensamiento, aquella que no dejándose menoscabar por corrientes lingüísticas externas, sabe extraer lo mejor de ellas y cultivarlo en su escritura propia. De acuerdo a lo anterior, la estructura de los 20 poemas y la canción desesperada, es simple, sencilla se podría decir, de esqueleto aristotélico y también a su vez de una complejidad inusitada y fascinante desde su primera hoja. Basta con leer el primer poema para entender que la identidad, ahora perdida de los escritores jóvenes esta en el uso de las palabras, en el manejo dúctil al que se someten los elementos comunes, de la misma manera en que el fuego forja el acero, la identidad define el estilo del poeta y lo encamina, y al respecto diría Julio Cortazar en un escrito de 1976 conmemorando el premio Nobel: “él no nos daba tregua, no nos dio nunca tregua; poema tras poema, libro tras libro, su imperiosa brújula exigía la revisión de nuestros rumbos, nos llamaba sin proponérselo, sin el menor paternalismo de poeta mayor, de abuelo Hugo latinoamericano”
[1] Julio Cortazar (Neruda entre nosotros)
[2] Elementos modernistas en Crepusculario, Neruda.Juan José amante Blanco
[3] NERUDA,Pablo.CrepuscularioEd.Oveja Negra.1923.p 11